Padre e hijo, una bici y un trozo de asfalto en Montréal
Hay ideas que nacen viendo la tele un domingo cualquiera. Padre e hijo, sofá, un Mundial de ciclismo pasando por delante de sus ojos, y de repente alguien suelta: «¿y si vamos?». Tres semanas después están en el avión rumbo a Montréal, con las bicis desmontadas en la bodega y un plan que mezcla grada, asfalto y una cena decente al final del día.
La idea que empezó como una broma
Fue el hijo quien lo soltó primero, medio en broma. El padre, que lleva veinte años viendo carreras por la tele y ninguna en vivo, no tardó ni un día en buscar vuelos. No se trataba solo de ver pasar el pelotón desde la barrera. Querían algo más: sentir con sus propias piernas ese tramo del Mount Royal que todos los comentaristas nombran como si fuera territorio sagrado.
El Mount Royal no perdona a nadie
La rampa parece inofensiva en el mapa. En la bici es otra historia: un muro corto pero seco que corta las piernas justo cuando crees que ya lo tienes controlado. Padre e hijo la subieron dos veces esa mañana, antes de que cerraran el circuito para los profesionales. Sin público, sin cámaras, solo ellos y esa pendiente que iba a marcar la conversación de la cena.
Lo que llevas debajo aguanta más que las piernas
Después de dos subidas y varias horas de pie entre la multitud, lo que se nota no es el cansancio de las piernas. Es la ropa que roza, que se humedece y no seca, que empieza a molestar justo donde no debería. Ellos llevaban la ropa interior HOM® con tecnología HO1, pensada para moverse contigo sin desplazarse ni un centímetro de más. Nada de ajustes constantes ni de esa sensación incómoda a media tarde.
De la ropa de ciclista a la mesa, sin pasar por el hotel
Lo bueno de un buen fondo es que no lo notas hasta que te sientas a cenar. Se cambiaron la camiseta técnica por una camisa, se dejaron puesto lo mismo de debajo, y punto. Ni rozaduras ni esa sensación pegajosa que arruina una buena cena. Terminaron el día en un bistró del Plateau hablando de la crono del día siguiente, cómodos como si acabaran de salir de casa.
Un fin de semana que no va solo de bicicletas
Al final, ni el maillot arcoíris ni el Mount Royal fueron lo más importante. Fue el vuelo compartido, la cerveza después de la subida, esa conversación que solo pasa cuando dos generaciones pedalean codo con codo. Volvieron a casa con las piernas cargadas y una foto en la cima que van a mirar durante meses. Ya están hablando del año que viene.