Un fin de semana en Dubái donde dos amigos vuelven a ser ellos mismos
Hace años que Marc y Diego se conocen del gimnasio, aunque ya casi ni se ven allí porque los dos tienen agendas que no dejan mucho margen. Uno lleva una consultora, el otro se mueve entre reuniones y vuelos, y aun así este año decidieron que el torneo de pádel en Dubái era la excusa perfecta para desaparecer tres días. Sin hijos, sin portátiles, solo ellos dos y una pista de resort reservada cada mañana a las nueve.
La idea que surgió en un grupo de WhatsApp
Todo empezó con un mensaje de Diego una tarde cualquiera: "¿y si nos vamos a ver el P1 de Dubái?". Marc respondió con un audio de treinta segundos entre risas, y una hora después ya tenían los vuelos casi reservados. Ese tipo de decisiones rápidas que uno solo se permite con alguien que conoce desde hace veinte años, sin cálculos ni excusas.
Pádel al amanecer antes de que apriete el calor
El resort tenía dos pistas reservables y la mañana era el único momento sensato para jugar antes de que el sol de Dubái se pusiera serio. Cambiarse rápido en la habitación, buscar algo cómodo que aguante el ritmo sin que la cintura te recuerde a cada rato que está ahí, y salir a pelotear durante una hora larga. Ese tipo de calzoncillo con la cintura en microfibra que no aprieta se nota justo en esos días, cuando pasas del hotel a la pista y de la pista a la ducha sin pensarlo dos veces.
Ver a los profesionales de cerca cambia la perspectiva
Sentados en la grada del P1, los dos se quedaron un rato en silencio viendo cómo los jugadores profesionales resolvían puntos que ellos llevan intentando dominar durante años. Diego comentó que después de ver eso, su volea de derecha le pareció de repente bastante más torpe. Entre partido y partido compraron algo de comer, comentaron jugadas y discutieron sobre si ellos también podrían aguantar ese ritmo durante un set entero.
Las noches, la parte que ninguno de los dos había planeado tanto
Después de cenar en un sitio que les recomendó el conserje del hotel, con pescado fresco y una vista al puerto deportivo, acabaron los dos en la terraza de la habitación con una copa, hablando de cosas que en Madrid nunca sacan porque no hay tiempo. Marc llevaba un pantalón de estar por casa en algodón con elastano que no picaba ni con el calor húmedo de la noche, y Diego se rió de que a sus cuarenta y tantos seguían turnándose para contar las mismas historias de siempre.
Lo que se llevaron de vuelta, además del cansancio
El domingo por la noche, en el aeropuerto, ninguno de los dos hablaba mucho de trabajo. Diego iba con la maleta a medio hacer y una camiseta de cuello redondo puesta encima del polo del día anterior, cómoda para el vuelo largo de vuelta. Ya habían decidido repetir el año próximo, quizás alargando un día más la próxima vez.